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Hoy igual que ayer

Por: Darío Silva-Silva

El texto siguiente pertenece a mi libro El hombre que escapó del infierno, publicado en 1991 y tiene vigencia hoy porque todo sigue igual en Colombia:

‘La Biblia contiene aplicaciones prácticas a coyunturas específicas de sociedades y personas, es Palabra en acción continua, perfecta en sí misma y de inescapables consecuencias para bien o para mal. De ahí lo conveniente de su lectura diaria, sobre todo el Nuevo Testamento, los Salmos y Proverbios. La actual situación colombiana no difiere de la de Israel y Judá en la era profética; aquí ahora, como allá entonces, las desdichas colectivas tienen un solo origen: el desprecio por Dios, y Él azota a quienes le vuelven las espaldas para recordarles Su existencia y autoridad. Los colombianos descansamos falsamente confiados en la mecánica religiosa que cada año cumple el presidente al asistir a un Te Deum en la basílica del Voto Nacional para declarar que este es el país del Sagrado Corazón de Jesús. En la práctica, sin embargo, vivimos en el país de Satanás. El cristianismo no es ritual, sino vital. No he podido encontrar en los evangelios un solo acto ritualista de Jesús. En los templos sanaba enfermos y echaba fuera demonios. Para hacer sus oraciones, iba a lugares desiertos. La institución de la Santa Cena no tuvo por escenario la sinagoga, sino un restaurante (cenáculo). Él quiso enseñarnos con su propio ejemplo que es la conducta -y no el culto- lo que nos hace cristianos. El Presidente no puede apersonarse de los pecados comunitarios, como los sacerdotes del Antiguo Testamento al sacrificar el chivo expiatorio, según nos informa minuciosamente un manual religioso llamado Levítico.

Tal vez Álvaro Gómez tomó del inconciente colectivo el nombre de su movimiento: Salvación Nacional. En todo hombre subyace lo que Agustín llamó semen religionis, la creencia implícita en un Creador. La actual es época propicia para que los colombianos escarbemos en busca del sustrato moral que ha sido sepultado bajo aludes de corrupción e indiferencia espiritual. La reforma que ha de intentarse está en la Carta Magna de todos los siglos: la Biblia. La salvación nacional es Jesús de Nazaret, pues también por Colombia él derramó su sangre profusa desde el madero. El aleccionador libro de Jonás relata cómo la ciudad de Nínive, con problemas similares a los colombianos de hoy, pudo escapar de la destrucción gracias a que la voz del profeta fue atendida por los ciudadanos:

Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida. Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó en su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. Jonás 3:4,6.

El resultado fructífero no se hizo esperar: Y vió Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo. Jonás 3:10.

No será necesario -advierto para fanáticos- que el Presidente se arrodille en las gradas del Capitolio, cubierto de ceniza y vestido con un costal, a lamentarse cual plañidera. No se trata de asumir actitudes extravagantes y farisaicas; pero ningún trabajo le costaría -y de seguro el Jefe del Estado tendrá voluntad de hacerlo- iniciar su día con una pequeña oración al Todopoderoso para que lo oriente. Lo demás le será añadido, como a cada colombiano que se disponga de corazón a hacer lo mismo. Nada cuesta, y arroja resultados asombrosos. ¿Por qué no intentarlo?’ Quiera Dios que este texto de 1991 no sea publicable en 2021.

Quiera Dios que este texto de 1991 no sea publicable en 2021.

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