Por Rev. Darío Silva – Silva
Con motivo del fallecimiento del ex presidente Belisario Betancur, he recibido varias preguntas sobre mi verdadera relación con él, que fue de amistad-antagonismo – reconciliación.
Al reunirse en Bogotá, en 1972, un encuentro de intelectuales en favor de las minorías judías en la Unión Soviética, Salvador Rozental, Cónsul de Israel, me pidió coordinar el evento; durante él me relacioné con personajes asombrosos: Belisario Betancur, Antonio Panesso, Daniel Arango, Jaime Posada, Guillermo Cano, Pedro Gómez Valderrama y Gonzalo Canal Ramírez, entre los colombianos; el argentino Alfredo Concepción, el mexicano José Álvarez Icaza, el uruguayo Washington Reyes Abadie, el peruano Marcos Santa Cruz y el chileno Julio Barrenechea. Durante la cena de clausura, en un sitio campestre de la sabana de Bogotá, Belisario y yo, acompañados de unos serenateros, cantamos a dueto tonadas folclóricas de cada uno de los países representados en el encuentro. La relación de estos dos vocalistas casuales fue cordial hasta cuando la política hizo que cada uno siguiera cantando por su lado como solista, en mi caso, de forma destemplada a veces.
En la campaña de 1982, el noticiero del cual yo era empresario y director, ejercía como vocero del Partido Liberal, en el poder.
Betancur ganó, la primera magistratura, en medio de general euforia izquierdista. Conforme lo había propuesto en mi corazón, salí de la pantalla chica hacia los descuidados potreros de San Joaquín, la vieja hacienda de los Silvas en el municipio de Tarqui, donde planeaba resembrar mi árbol vital sobre las raíces nutricias. Sin micrófono ni cámara yo era inofensivo, pero encopetados funcionarios me miraban como al oso dentro de la madriguera, invernando, a la expectativa de tiempo propicio para ir al asalto. El oso es un animal astuto, reflexivo, socarrón y padece súbitos e incontrolables ataques de furia. Aun cuando yo era solo una tímida ardilla en un hueco de un árbol caído, el director de Inravisión hurgó con su larga estaca en el fondo de mi refugio y me obligó a salir. De esta manera, fue fiel intérprete del afán de venganza manifestado contra mí por las airadas turbas que, al día siguiente de las elecciones, recorrían calles y plazas con significativas pancartas: ‘¡Fuera Silva-Silva!’. ‘¡Abajo Lambicolor!’. En Manizales, las salas de cine retardaron su función nocturna hasta después del noticiero para que las gentes no se perdieran lo que este derrotado comentarista diría; y lo que dije fueron dos estrofas de Ruben Darío:
«Pasó una piedra que lanzó una honda,
cruzó una flecha que aguzó un violento; la piedra de la honda fue a la onda
y la flecha del odio fuese al viento.
La virtud está en ser tranquilo y fuerte, en el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte
y hacia Belén la caravana pasa…»
El haber declarado el gobierno la caducidad administrativa de nuestro contrato fue un acto ilegal, al estilo castrochavista de Venezuela, pero la maniobra surtió el efecto deseado: mi desvinculación empresarial.
Mientras todo se iba cumpliendo bajo cálculos, recibí una esquela personal de Belisario invitándome a un recital de Carmiña Gallo en la casa presidencial. El embarazo que me producía presentarme al acto, se vio amortiguado cuando don Roberto García-Peña, quien empezaba a subir solo y trabajosamente las marmóreas escaleras, se asió a mi brazo y, apoyados el uno en el otro -él fisicamente en mí y yo moralmente en él- irrumpimos al recinto.
-“Bienvenido a esta su casa, Darío”, saludó el doctor Betancur.
-“Gracias, Presidente, por su gallarda invitación”, -fue mi lacónica respuesta.
Al menor descuido de los circunstantes emprendí mi fuga de un lugar donde muchos me miraban de soslayo como a un intruso.
Finalmente, al firmarse los Acuerdos de Paz de La Habana, el expresidente Betancur y yo cruzamos frases y un estrechón de mano de reconciliación.

